martes, setiembre 26, 2006

Asteroide B 612 bis (parte II)

Pájaros de frondosas alas




Todas las personas mayores fueron niños alguna vez,

pero pocas lo recuerdan.

(Dedicatoria de Antoine de Saint-Exupéry en El Principito)



Durante una noche fui Peter Pan, pero sin su “País de Nunca Jamás”. Una niña estaba encerrada en el cuerpo de una persona mayor. Gritaba con desesperación para lograr salir. No pudo, nadie parecía escucharla. Ese cuerpo arrugado la comprimía, la ahogaba poco a poco hasta que tomó el tamaño de una semilla. Y desapareció por completo. Ese grupo de arrugas quedó solo, sin la compañera chillona.

Parecía ser real, pero nunca sucedió. Me di cuenta al despertar. Esa niña ya no estaba. Quedaba el cuerpo adulto con un insondable vacío interior. Aunque no quiere decir que sea imposible llenarlo. Y ahí entra el Principito. Aparece encubierto con un traje negro como piel y unos ojos también curiosos y brillantes. Mi Principito se llama Simon. No estamos en ningún desierto, y tampoco estamos solos. Cerca de 30 niños están jugando alrededor de nosotros, pero él no parece notarlo. Se despatarra en el suelo, me mira, salta, me mira, corre de un lado a otro, me mira, intenta sacarse la túnica, me mira... Desde que nos encontramos, no se despega de mí.

- Yo traje bizcochitos, torta, galletitazzzzzzzzzzz.

- ¿Y alfajores?

- Todo traje, yo. También jugo de “pela”.

- Pera.

- Sí, “pela”.

- Claro, peRa.

- Sí, eso, eso, sí.

Después aclara que la “pela” viene del manzanero, hasta que la maestra lo escucha y corrige. Lástima, estaba tan feliz imaginando lo que se le venía en gana. Siempre cortando las alas que intentan dar vuelo a la mente. Nos convertimos en seres “serios” (lo que tanto repele el Principito) y uniformes. Simon disfruta de ese vuelo. De todas maneras, se acerca y me dice al oído: “Mi abuelo tiene un ´álbol´ de esos y le salen ´pelas´”. Las palabras del viejito tienen más peso que las de la maestra, como el de una pera con L.

Saint-John Perse lo dijo: “¡Crecen mis miembros, y pesan, nutridos de edad” (poema Para celebrar una infancia). Con los años desaparece la capacidad de asombro, la esencia de la niñez. Aquí aún todo sorprende, se les nota en las expresiones. Pero esos gestos se debilitan con la experiencia, con los años desabridos y con las alas amputadas. Simon aún vuela como un pájaro imaginario, aún conserva la inocencia del “paraíso deseado”, como denomina Steven Spielberg a la infancia.

miércoles, setiembre 13, 2006

Asteroide B 612 bis (parte I)

Los próximos cinco post conforman un reportaje. Cada semana aparecerán nuevos capítulos.

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- ¿Viste el bicho feo?

- ¿Cuál?

- El que está allá, en el patio.

- No lo veo, ¿me lo mostrás?

- Al lado del álbol, cerca, ahí cerca.

Marrón, muy marrón, con hojas verdes oscuro encima. No es el “álbol” al que Simon hace referencia, pero sí el disfraz de Tomás. Vestido para el día de la primavera que se festeja en el Jardín de Infantes en el cual me encuentro. No es tarea fácil obtener permiso para compartir un tiempo con las ardillitas, los conejitos, los girasoles, los patitos y los charabones. Así se les denomina a los niños según su edad. Tras una larga odisea llegué a este lugar, hablé con la encargada y me concedió permiso para observar a los pequeños por unas cuantas horas y varios días. Hace muchos años que no pertenezco al “mundo de los niños”, pero ahí está, frente a mí de nuevo.

Amarillo, rojo, verde, azul, violeta; colores fuertes por doquier. Amplias salas que sirven de espacios aptos para jugar y aprender junto a las maestras. Un patio enorme y con juegos conforman el lugar adorado y deseado por los pequeños más pequeños. Hago énfasis en el tamaño porque, en realidad, son muy chicos: pocos centímetros separan sus cabecitas del suelo.

Estoy parada en un rincón con la intención de pasar desapercibida. Admito que no lo logré. A los pocos minutos me siento observada. Unos ojos penetrantes, suspicaces, tajantes, me desnudan. Lo miro durante cortos segundos e intento distraer mi vista con cualquier cosa. Es en vano, ya estoy en su campo visual. Se acerca con torpeza, colisiona con un par de amigos y se para a mi lado. Hago de cuentas que no lo veo, no lo siento, no lo huelo, no nada. Me mira sin decir palabra alguna, simplemente observa de arriba a abajo. Siento que la camisa sufre rápidos y cortos tirones. Es la única opción que tengo, hay que mirarlo.

- Hola.

- Hola.

- ¿A qué venís acá?

- Para jugar.

- ¿Con nosotros?, ¿con las ardillitas?

- Claro, ¿sos una ardillita?

Se ríe. Pero no es cualquier risa, es una carcajada que aflora con mucha fuerza. Es ese tipo de sonrisa escoltada por una potencia que se origina desde lo más profundo de la caja torácica. Porque cuando los niños ríen lo hacen en serio. Durante los primeros segundos se escucha un enorme estruendo, luego abren sus bocas hasta mostrar el último molar y después acompañan esos movimientos desproporcionados, epilépticos, con las manos. Lo hacen con sinceras ganas.

Nacho es el primero en notar mi presencia. Simon es el siguiente al ver a su amigo hablar con una “señora”, como me dice incansablemente. Me preguntan cómo me llamo y no se separan más de mi lado. Parecen dos guardaespaldas, pero como mucho podrán proteger mis pantorrillas y, con suerte, las rodillas. Ya tengo un par de amigos, dos aliados dentro de ese mundo al cual alguna vez pertenecí.