miércoles, setiembre 21, 2005

Unos centímetros más grande

Durante una semana reflexioné, mientras los movimientos del minutero se repetían en forma agobiante, sobre qué escribiría este miércoles. Luego de encontrar la delicada armonía entre lo que quería, sentía y debía, llegué a un acuerdo. Aunque fue en vano porque algo inusual sucedió. Bueno, en realidad, ya no es apropiado denominarlo como extraño porque suele sucederme una vez al mes o, en ciertos casos, cada dos meses. Y no, no se trata de un “asunto femenino”, si era lo que se estaban imaginando.
Ocurre en una esquina, en un pub, en el supermercado, en la parada de ómnibus, en una plaza... Simplemente sé que sucede. Me refiero al día de los reencuentros. Muy simple, muy llano, muy raro. Por lo general, no suelo encontrarme con gente conocida de distintos lugares del país en varios puntos de la ciudad y en la misma jornada. Pero una vez al mes, sí. Aclaro que tuve la suerte de vivir en varios departamentos, y esto implica contar con una larga lista de personas conocidas. Es más, en cuatro años he vivido en tres apartamentos distintos de Montevideo. Tengo “vocación nómada”. Lo sé. Y, precisamente, por eso poseo un día en el cual los reencuentros proliferan. La última vez se llevó a cabo gracias a una salida nocturna. Luego de transcurridos unos pocos minutos, en ese lugar, vislumbré a lo lejos dos rostros que me eran familiares. En ese momento no recordaba sus nombres. Pensé, pensé, y mismo que pensé. No me daba cuenta de dónde los conocía. Hasta que ingresó en mi mente el segundo clarificador y, con éste, los nombres y apellidos de ambas personas. Ya habían pasado seis años desde nuestro último encuentro. Teniendo en cuenta mi edad, esa cantidad de tiempo actúa mágicamente en los individuos porque resulta hasta imposible, en algunos casos, reconocerlos por los cambios físicos. Pero la identificación fue mutua. Después de ponernos al día sobre los centímetros crecidos (hacia los costados y no hacia arriba), vino el momento de la despedida y el deseo de volver a vernos quién sabe cómo y cuándo.
Éste fue el primer encuentro, luego se desarrollaron otros aunque de menor importancia, al menos a mi juicio. Esos momentos son gratificantes, excepto cuando el sujeto conocido no trae buenos recuerdos..., pero es otro tema. Espero con mucha expectativa el próximo “Día R”, sólo deseo que ocurra pronto.

Todo alimenta: Escritura e imagen. La pintura que encuentran en esta nota es de Alfredo Castañeda: “En el lugar de los abrazos” (1979), quizás le sucedía algo similar. Al menos en esos meses que no aparecen los “Días R”.

lunes, setiembre 12, 2005

Infierno terrenal

Sobrevivir un informativo no es tarea fácil. Y más aún cuando la vedette es la violencia. Que los niños en las escuelas cada vez son más agresivos, que en las protestas resultan muertas y heridas decenas de personas, que los asaltos se incrementan y la respuesta policial es insuficiente... Panorama negro, tétrico, apocalíptico.
Paranoia al mando. Salir a la calle conlleva jugarse la vida. Pero quedarse en los hogares también lo es, ya que cualquier imbécil puede entrar y matarte por unos pocos pesos. Vivimos en una psicosis continua. Supongo que los psicólogos (aquellos que se especializan en clínica) percibirán un incremento de la demanda. Bueno, al menos estamos dando trabajo, jejeje (aclaro, es una risa irónica). Lo sé, tengo una visión oscura, pero así quedo al presenciar un informativo uruguayo. Me parece imposible que no existan noticias con finales alegres. No pretendo ver sólo buenas noticias porque no le haría justicia a la realidad, pero tampoco irse al otro extremo. Sé que el morbo vende, pero también lo hacen las películas con finales felices. Y esto no lo digo yo, lo afirman los eruditos. Quizás aún soy bastante ingenua o, tal vez, las noticias sin violencia no son relevantes. Algunos dirán: “Para eso está la ficción, querida”. Sí, pero resulta patético deprimirse y estresarse con la sola idea de salir de la guarida. Caminar por la calle y estar pendiente de los potenciales asaltantes. En realidad, no sé porqué escribo esto. Es que sentí la necesidad de poner en palabras lo que me sucedía. Impotencia, ese es el término que ejemplifica claramente lo que siento. Y este blog se ha convertido en una especie de confesionario o algo así. Ya lo ven, siempre escribo los miércoles y esta vez me anticipé. No pude detenerme. Lo lamento por ustedes, ya que tuvieron que leer la angustia de una gusanita ingenua (agradezco a los que se animaron a leer todo el texto).

Dato nada despreciable 1: en un informativo uruguayo pronunciaron la palabra violencia 14 veces en sólo media hora. Termina actuando como una especie de mensaje subliminal.

Dato nada despreciable 2: como cierre del programa se informa sobre la sorprendente recuperación del bebé transplantado en Buenos Aires, Ismael Bonilla. ¡Gracias!, al menos una buena.

miércoles, setiembre 07, 2005

Locura a la carta

Cinco días a la semana suelo hacer el mismo recorrido para ir a la facultad. A eso hay que sumarle la vuelta a mi casa. Camino monótono, aburrido. Una y otra vez transito por las mismas cuadras, piso casi siempre las mismas baldosas, me encuentro con los semáforos de siempre, veo a la gente de todos los días. He intentado cambiar de trayecto, pero a la larga se repite la historia. Es como estar en “The Truman Show”; cuando Truman (Jim Carrey) está sentado en el auto mientras mira por el espejo retrovisor y ve cómo sucede siempre lo mismo.
Pero hay una diferencia: en mi caso veo diariamente un loco nuevo, un loco suelto. Sí, es en serio. Se trata de una locura moderna, típica de nuestros tiempos. Ataca a personas de cualquier estrato social y sin ningún tipo de distinción de sexo, edad o raza. Hablan solos mientras caminan. Reconozco que algunos son hasta divertidos. Otros dan escalofríos, más aún cuando nuestras miradas se cruzan. Ayer tuve uno de esos encuentros, para nada deseados. Un hombre de paso lento, piernas delgadas y torso grueso. Estaba cubierto por unos harapos que parecían ser una camisa y un pantalón. El pelo, por llamarlo de alguna forma, consistía en un nido de pájaros humano. Lo miré, me miró, nos miramos (muy al estilo de telenovela). La agudeza de su mirada ocasionó un golpe virtual; mis ojos corrieron desesperadas hacia otra parte buscando algo para entretenerse. Nos cruzamos, luego interrumpió su paso y estacionó los harapos con el nido de pájaros justo en el medio de la vereda. Quedé atónita. Las palabras gesticuladas por el señor Pájaro rebotaban en mi cabeza mientras trataba de descifrarlas. Caminé dos o tres cuadras y recién logré llegar a una frase coherente: “Vida, che. Vida”.
Anteriormente había dicho que no es una locura selectiva. Este tipo de desequilibrio mental se desarrolla muchas veces por el estrés. Y lo escribo porque me documenté, no lo digo porque es lo primero que se me ocurre. Una psicóloga amiga aclaró las dudas de esta ignorante gusanita en cuanto a los misterios de la mente. Parece tratarse de un mecanismo con el cual nos defendemos en cierta forma. Ahora entiendo por qué hay tanta gente hablando sola. Hace más de un año que me crucé con una señora muy bien vestida, con joyas hasta en el dedo gordo del pie izquierdo. La veía muy dispersa, hasta que su boca empezó a disparar palabras sin sentido. Se ve que la joyera estaba tensa. Y bueno, si algún día me ven por la calle hablando sola, hagan de cuenta que no soy yo, es la gusanita estresada.