viernes, noviembre 25, 2005

Ericlímax

No tengo sueño. Estoy acostada en mi cama con la ventana abierta, disfrutando del fresco aire nocturno, escuchando buena música. Al menos lo es para mí. Eric Clapton es buena música. Mientras mis amigas, en la adolescencia, escuchaban a los Backstreet boys, yo prefería al hombre de mirada profunda y marcadas arrugas. Era el bicho raro del grupo. Aunque también me dejé llevar por el frenesí de la edad y escuchaba cumbia hasta el cansancio. Pero, supongo, que se trata de un detalle poco digno de destaque.
Lo más brillante de Eric, perdonen la confianza, consta de la profundidad musical. ¿Cómo decirlo? Sí, creo que puedo realizar una definición. Escuchar a Eric requiere estar preparado para experimentar un orgasmo espiritual. Aquí no entran ni los gemidos, ni el sudor, ni los movimientos acrobáticos. Sólo hay que estar listo para disfrutar del clímax sonoro. El mayor placer auditivo.
Back home es el nuevo disco de este maestro. Una muestra más de la grandeza de ese ser humano que vivió unas cuantas desgracias. Este hogar siempre estará abierto para recibirlo todas las veces que quiera.

jueves, noviembre 24, 2005

Prestad atención

NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO



Desde esta tarde pertenezco al grupo de los “bracketeados”. Es decir, mis dientes encontraron compañía gracias a los aparatos, ortodoncia, brackets, como prefieran llamarlos. Luego de 16 años de convivencia, con “las paletas” torcidas como árbol anciano, enfrenté la situación. Y experimento un mundo nuevo en el cual mi labio superior está de fiesta. ¿Por qué? Sucede que ahora cuenta con soporte permanente para quedarse trabado cada vez que sonrío. Llevo cinco minutos frente al espejo y aún no me reconozco. Otro cambio que hay que enfrentar.
Por naturaleza, soy un ser humano ansioso. Imagínense lo que experimentan mis nervios en este momento. Las piezas dentales hacen fuerza para todos lados. No entienden qué les pasa, qué les hicieron. Estaban tan cómodos...
Lo que resta decirles, a los dientes y no a ustedes, se reduce a tres simples palabras: que se jodan.

miércoles, noviembre 23, 2005

Libertad cerebral

Durante cinco días realicé un experimento. Me propuse no escribir ni una sola palabra para el blog, y lo hice... Hice caso a la promesa. Creo que pocas veces en mi vida sentí que la cabeza me explotaría. Ya no hay vuelta atrás. Vivir sola y sin blog da como resultado la absoluta obligación de recurrir a terapia psicológica. Por ende, varias ideas transitaron los recovecos más insólitos de mi cerebro, y opté por dejarlas salir.
En uno de esos instantes de reflexión, que son muchos, brotó una pregunta que tuvo lugar hace varios días: “¿De qué te arrepentís, realmente, en estos 22 años de existencia?”. La verdad, siempre respondía lo mismo: “nada, absolutamente nada”. Minga, ahora sí. Supongo que necesitaba algunos momentos de soledad para llegar a la conclusión de que me arrepiento de tres cosas. La primera radica en la estupidez de dejar ballet. Las otras dos..., prefiero dejarlas en la intimidad más profunda de mi ser. Lo siento.
Será mejor volver al tema del abandono inescrupuloso de la danza más expresiva y bella, el ballet.

El ballet es como una rosa.
Es algo hermoso, y uno lo admira,
pero no se pregunta qué significa.
(George Balanchine)

Resulta majestuoso cuando se puede comunicar a través del movimiento corporal. Ahora tengo la palabra, la escritura. Durante 11 años me expresé con el cuerpo. Durante 11 años me sentí completa. En realidad, algunas veces cubro mis pies con las zapatillas de punta y recuerdo viejos tiempos. Ayyy, menudo error.
Finalmente, entiendo qué significa esa rosa para mí.

viernes, noviembre 18, 2005

Menuda suerte

Está bien, muy a mi pesar lo reconozco. “Me tocó” es el artículo que inauguró este adorado, por la autora, blog. A esta altura, les puedo certificar que le tomé gustito a la posibilidad de escribir y publicar algunos de mis tantos pensamientos diarios. En una misma semana aparecen tres artículos; prueba suficiente para comprobar el compromiso que establecí con ustedes y conmigo misma.
Ya no existen ataduras curriculares porque el curso terminó. Estoy como avión sin piloto, como canoa sin remo, como película sin director. Pero lo más importante quedó, el conocimiento y el placer de tipear palabras para transmitir mi mundo interior. Quizás, este universo se asemeje al de algunos de ustedes, puede que no.
Tomaré los remos, seré el director (bueno, la directora), y la piloto (lo sé, suena extraño) del placer que subyace en la comunicación escrita. Me comprometo a continuar con la experimentación y perfeccionamiento inagotable.

Agradezco a cada uno de ustedes. Ya saben a quiénes me refiero.

Despedida en espera

Ya pasó mes y medio. Aún continúa el camión en el mismo lugar; ni un centímetro más ni un centímetro menos. Exactamente, en el mismo sitio desde hace 55 días.

Quizás se estarán preguntando a qué me refiero. Bueno, les explico. Hace más de un mes que falleció el lechero de mi cuadra. No sé quién era, nunca lo vi, nunca hablé con él. Recién “lo conocí” cuando su cuerpo pasó a ser, simplemente, un cuerpo. Antes de llegar a mi casa pasé por el almacén, porque aún existen comercios pequeños, y el dueño me comentó sobre el infarto que acababa de sufrir el señor Lechero. Me tomó de sorpresa y atiné a decirle algo como esto: “Pobre hombre, ¿tenía familia?”. A lo que el almacenero asintió con un simple movimiento de cabeza y rostro que expresaba mucha tristeza: “Lo conozco desde siempre. Todavía no lo puedo creer. Se bajó del camión y cayó al piso. Seco, duro, no se movió más. Estiró la pata, le dio un patatus”.

El camión del lechero continúa en el mismo lugar en el cual dejó de vivir. El hijo y la esposa no lo mueven por nada en el mundo. Es más, lo usan a diario para guardar los lácteos. En las mañanas, muy temprano, descargan la mercadería y la trasladan a un vehículo más grande. Pero en eso queda todo. No encienden el motor, no lo limpian, no han descolgado los adornos y adhesivos, no cambian nada. Pensarán que al dejar todo igual, el difunto aparecerá como si ese hecho no hubiese sucedido. Aunque pasó, ya no está.
En realidad, los comprendo. Aceptar una muerte puede llevar años. A veces, nunca se asimila. Quizás a mí también me sucedió. Hasta el día de hoy estoy empeñada en decir que tengo, y no tenía, un primo llamado Andrés. En verdad, falleció hace siete años y aún no lo puedo creer. Es más, llevo su nombre tatuado en mi cuerpo. Los entiendo..., no es fácil aceptar la muerte de un ser querido.

miércoles, noviembre 16, 2005

Sueño una noche de verano

Este año pasó tan rápido como el vuelo del colibrí, para seguir la línea de una nota anterior. No crean que estoy obsesionada con esos pájaros, aunque reconozco que me emociono cada vez que los veo y detengo toda tarea que esté realizando en ese momento. Pero quiero ir a otro tema, el verano. El calorcito de los días de primavera nos regalan un aperitivo de lo que es la estación más hermosa del año, a mí entender. El verano, ahhhh, sí, por fin está por llegar.
Hace un par de días leí un artículo de Bill Bryson, "¡El verano, por fin!", que aparece en un gran libro. Cuando digo Gran me refiero a la extensión y a la calidad de este escritor. Y narra sobre sus recuerdos de esta estación calurosa. Uno de ellos radica en un porche mosquitero. El mío varía según el departamento en el que viví.

Treinta y Tres
De esta ciudad tengo impregnado en mi retina los bichitos de luz, mis más fieles amigos de la infancia. Bueno, tuve amigos de carne y hueso, pero estos bichitos me alegran el corazón con sólo verlos. Los atrapaba como una desquiciada; recorrían mis cortos bracitos y manos. Luego de jugar con ellos dejaba que emprendieran su vuelo.

“Tacuamberó”
En este lugar, la situación cambió radicalmente. Ya era más grandecita y no estaba bien visto cazarlos. Por lo tanto, recuerdo la piscina del colegio San Javier. Transitaba por una etapa de vergüenza debido a los cambios físicos que se producían en forma acelerada. Así que el chapuzón se desarrollaba gracias a una remera encima del traje de baño. Menuda estupidez, no tenía ni un gramo de grasa extra. Ya está, qué lástima. Aunque lo mejor de todo es que el amor daba sus primeros pasos. Se darán cuenta de que les estoy contando sobre mi “primer novio” del liceo.

Ups
Ups, suprimí en forma inconsciente mi segunda casa, Paysandú. Pensándolo bien, lo que visualizo de esos tiempos es el calor insoportable del litoral. Ahí conocí lo que era el calor de verdad.

Salto
Y llego a Salto... Si a la ciudad sanducera la describí como calurosa, no tendría palabras para transmitirles lo que es vivir, o sobrevivir, el verano en terreno salteño. La mejor anécdota que puedo contarles nos ubica en un fulminante fin de semana. Junto a mi familia decidimos ir a las termas. Les explico, la típica, cuando vivís en un lugar que hay termas no vas nunca o muy poco. Si te vas de esa ciudad, se es capaz de viajar cientos de kilómetros para disfrutar de las aguas termales. Bueno, el asunto es que se nos ocurrió ir. Llegamos todos felices, aunque un tanto agotados por el viaje en auto sin calefacción. Es que se nos rompió, qué conveniente, ¿no?
Morir de calor, “sufrir con gotas de sangre”, transpirar hasta la última muestra de líquido corporal... Quizás les pueda transmitir alguna idea de lo que es eso. Cuando regresamos de esa odisea vimos el informe del clima. ¡Entre 45° y 48° C! Aún no sé si mi padre quería terminar con su familia, y no sabía cómo, o hacernos sufrir por alguna metida de pata que no puedo recordar. En realidad, la pasamos bien, no fue tan malo...
Mmm, no, taaan malo no.

miércoles, noviembre 09, 2005

Te estoy vigilando...

Ver el mismo paisaje todos los días, sin radio, sin diario, sin revista, sin libros, sujeto a condiciones climáticas tan variadas como las de Uruguay. Me refiero al trabajo de los guardias encargados de vigilar la parte superior de la Cárcel de mujeres. Cuando digo, superior, es lo más alto que hay, es decir, el techo. Hay dos garitas, una blanca y otra gris. La primera es más nueva que la segunda. Están ubicadas estratégicamente, una para cada sector. A excepción del vivero, el resto del panorama es deprimente. Bueno, al menos, los días soleados dinamizan un poco la jornada. En las mañanas, estos guardias disfrutan del sol hasta que se torna agobiante. No existe guarida capaz de protegerlos del calor fulminante y de las estrepitosas lluvias. Sucede que el clima uruguayo es tan imprevisible que en un sólo día puede amanecer despejado, llover al mediodía y granizar en la noche.
En este momento, hay un policía recorriendo toda la superficie. En realidad, pasea. Mira hacia un lado y hacia otro. Nada, no pasa nada. Baja por una escalera, se quita la campera y estira los brazos. En el suelo hay un par de pesas. Ya está, es la que queda. De alguna forma mata el tiempo. Una, dos, tres, cuatro... Uy, no da más, se cansó. Camina pocos metros, repite el movimiento de brazos y vuelve a levantar las pesas. Esta vez dura medio minuto más que en la oportunidad anterior. Otros pasos para despejarse y recargar fuerzas. Y así transcurre la mañana. Algo inesperado sucede porque el muchacho se apresura en colocarse la campera y subir las escaleras. Ahhhh, es que acaba de llegar el supervisor. Por poco lo atrapan haciendo su clandestina rutina de ejercicios. Recorren juntos el lugar y vuelve la tranquilidad.
Aparece un compañero, van al sitio destinado para el cuidado físico. Ambos se desprenden de los abrigos. Insólito, están simulando una pelea. Desde lejos parece tratarse de una broma. No sé si es baile, capoiera, lucha, entrenamiento. Ni idea, pero sí sé que quedan muy cómicos. Así es la vida de los guardias de seguridad del techo de la penitenciaría femenina capitalina. Al menos, así lo veo.

Aclaración: quizás se pregunten cómo puedo saber esto. Es que vivo en un noveno piso y el edificio está frente a esa cárcel. Lo sé, me convierto en el ojo del gran hermano penitenciario.