Desde esta tarde pertenezco al grupo de los “bracketeados”. Es decir, mis dientes encontraron compañía gracias a los aparatos, ortodoncia, brackets, como prefieran llamarlos. Luego de 16 años de convivencia, con “las paletas” torcidas como árbol anciano, enfrenté la situación. Y experimento un mundo nuevo en el cual mi labio superior está de fiesta. ¿Por qué? Sucede que ahora cuenta con soporte permanente para quedarse trabado cada vez que sonrío. Llevo cinco minutos frente al espejo y aún no me reconozco. Otro cambio que hay que enfrentar.
Por naturaleza, soy un ser humano ansioso. Imagínense lo que experimentan mis nervios en este momento. Las piezas dentales hacen fuerza para todos lados. No entienden qué les pasa, qué les hicieron. Estaban tan cómodos...
Lo que resta decirles, a los dientes y no a ustedes, se reduce a tres simples palabras: que se jodan.

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