Suelo firme, gélido. Las baldosas, color ladrillo y verde, se adhieren a los omoplatos de la pequeña como si fueran parte del frágil cuerpo. Hace varios minutos que no abre sus ojos, sólo respira tranquilamente. Extiende brazos y piernas hasta formar una tabla humana. Inmersa en el sonido de los pasos que provienen de la calle de tierra. Distraída. Algunos se dirigen hacia la izquierda, otros a la derecha. También están los que se encuentran, permanecen en el mismo lugar y vuelven a arrastrarse. Circulación con arrastre de pies. Circulación casi silenciosa, como si utilizara zancos.
Visualiza la rayuela dibujada en el patio frontal de cemento: 1; 2; 3; 4-5; 6; 7-8; 9; 10. Llega a la meta y repite la secuencia en sentido contrario. Movimientos imaginarios que se acoplan al canto de los grillos. “Mhijita, vaya a bañarse”, dice una voz femenina agotada y añeja.
Gotas de sudor viajan por la joven frente. Inhala una vez más e integra a su organismo el reciente aroma a tierra mojada. Pequeñas manos disfrutan el frío de las baldosas.
Dedos congelados por la sensación del metal. Visualiza los labios de esa voz femenina. Desligados de aliento, sonido y movimiento, pero poblados por interminables arrugas.
Al lado reposan otros labios que contienen llanto de estreno y vestidos por piel recién nacida.
P.D.: En honor al gran Dalí