martes, diciembre 20, 2005

Marywitch

Cuatro adolescentes sentadas en el suelo del garaje. Papeles desparramados sobre un cartón oscuro y la copa en el medio. Se mueve, queda estática, y otra vez opta por oscilar. Mmm, en realidad no creo en el juego de la copa. Es que siempre hay alguien dudoso en la ronda que parece moverla. Ese día la respuesta no convenció a nadie, excepto a la que la manejaba. Supuestamente, todas habíamos sido prostitutas en nuestra vida anterior menos la encargada de organizar el juego, ya que esta chica fue bruja.
Más bien diría que carece de imaginación.
En realidad el título de bruja me lo apropio y con razones fundamentadas. Bueno, quizás no sea bruja pero sí vidente. Y para los que no creen en esto les ofrezco una tercera opción: la percepción. Mi intuición funciona muy bien. Claro, como toda bruja, puedo anticipar para los otros pero no para mí. Es detestable, injusto. Cuidado, cuando hablo de percepción me refiero a pequeñas cosas. Por ejemplo, a comienzos del 2005 sentía que mi hermana iba a estar muy bien en “el plano amoroso” (como dicen los chantas de la “clarividencia”). Pues, dicho y hecho. Sucedió como lo pronostiqué. Al mismo tiempo, percibía que a mí también me sucedería algo similar. Pero les dije, el vidente es incapaz de anticipar lo suyo. A mitad de año ya vi cómo venía la mano y la teoría se me fue al carajo. Por lo tanto, dentro de dos semanas brotará desde mi ser interior el pronostico para el 2006. Espero atinarle a algo. Téngame fe, sólo les pido eso.

Pronóstico sin videncia: me ausentaré unos días porque regreso a mi pago. Aunque pronto estaré de nuevo escribiendo en el blog. ¡Felices fiestas!

sábado, diciembre 17, 2005

Te amo pero te aporreo

Sábado, día de ferias de frutas y verduras en la zona de Tres Cruces. Ancianas que cargan con sus bolsos de antaño mientras regatean precios con los vendedores. Niños que corretean en las calles y hacen berrinches porque están aburridos de ver tantos alimentos que no les apetecen. Parejas que hacen las compras para el resto de la semana y así luchar contra los precios de los supermercados. Gritos de verduleros, compitiendo entre ellos para ganar la mayor cantidad de clientela.
Una madura odontóloga recorre los puestos de feria para comprar los productos y hacer una sabrosa ensalada de frutas, la favorita de su hijo adolescente. A media cuadra de su casa, precisamente en una esquina (Miguelete y Duvimioso Terra) oye los gritos rabiosos de un hombre. Lo ve al acercase, se da cuenta de que es su ex esposo. Visualiza la mano del hombre y observa cómo se asoma un arma. Ella grita ahogadamente, corre. No, ya no hay forma de impedirlo. ¡Bam!, pasan unos segundos, y otro ¡bam! Ambos cuerpos tibios reposan en el pavimento. Los transeúntes quedan rígidos por lo que acaban de presenciar. Unos pocos atinan a “auxiliarlos” y llaman a una ambulancia. Pero los fluidos corporales en el suelo dan la clara imagen de lo que sucede, no hay vuelta atrás. La vida de dos personas se esfumó en unos segundos, en una esquina que no suele apiadarse del tiempo. El hijo de la pareja, de sólo 15 años, está perplejo. Una vecina lo aprieta contra su pecho y le impide llegar a la esquina.
“Crimen pasional”, así se le llama a este tipo de delito. Así se le denominan a estas injusticias. Un desequilibrio psicológico por parte del ex esposo, un infortunio destino para la odontóloga. Esta situación se repite más de lo que se cree. El desquiciado había estado internado hasta un mes antes del delito, pero “lo largaron” al considerarlo indefenso. Miguelete y Duvimioso Terra recuerdan esa historia, al menos las calles que llevan sus nombres.

Esto sucedió hace más o menos un año. Aún lo recuerdo. Sentí que debía compartirlo con ustedes porque pensamos que esas cosas sólo les pasa al resto. Quizás no sea tan así.

sábado, diciembre 10, 2005

Cuentacuentos desde la tumba


Desde hace dos días debería estar escribiendo en mi ataúd.

Tarde de suma tranquilidad. Cielo cubierto, aire fresco, tierra seca. Tres niñas con su madre y una anciana componen el panorama de la parada de ómnibus de Caramburú y Gral. Paz. Excepto por los caprichosos gritos de las mellizas, el ambiente está calmo, sin grandes sobresaltos. Pasan ómnibus, pero ninguno es el mío. Espero, espero, espero...
A 30 metros se acerca una joven. Se la nota concentrada en algo, pero no sé en qué. Mira el cielo, los autos que transitan por la zona y los pájaros que están en el pasto picoteando migajas de pan. Camina otros 10 metros y suena un celular. La muchacha abre el bolso y saca el teléfono: “Sí, no tengo problema. A las 14.45 estoy ahí. En serio, esa hora me queda bien. Nos vemos, chau”. Sin percatarse de lo que sucede a su alrededor continúa caminando y llega a la esquina. La veo cómo controla los vehículos que vienen desde su derecha. Pero olvida un pequeño detalle, Caramburú es doble vía. Mientras pronuncia el “chau” se detiene en la calle. Recién, en ese momento, se da cuenta del auto que viene a su izquierda. Por suerte, el conductor la había visto y pudo frenar con tiempo.
Queda helada, rígida, asombrada. Ni siquiera atina a moverse hacia un lado. Nada, totalmente quieta. El señor al volante la observa sin saber qué hacer. No le grita ninguna grosería, no abre la boca, sólo se toca el pecho y emprende viaje. La joven camina hasta la parada, guarda el celular y permanece muda por unos cuantos minutos. Apenas le da para respirar. Si no fuera por la baja velocidad del vehículo ya estaría tirada en el suelo, sin vida, con vida, con media vida. No sé.
Esa muchacha soy yo. Un corto segundo y todo habría cambiado. Quizás este blog ya no tendría quién le escribiera. Por eso detesto los celulares; distraen a cualquiera y en donde sea. Calle y teléfono móvil no es una buena combinación. Lo aprendí en carne propia.

domingo, diciembre 04, 2005

Cojones

Soy así. Los que me conocen saben que tengo un manojo de manías. Por ejemplo, cuando hago las compras quincenales siempre verifico el día de cierre de la tarjeta de crédito. Es decir, intento que los imprevistos no sucedan. Sé que suena ilógico, pero les dije que soy un compendio de manías.
Hoy era día de compras. Realicé los pasos necesarios y fui tranquila porque faltaba mucho para el cierre de la “moneda plástica”. Pues bien, llego a la caja y daba saldo insuficiente. La encargada tuvo el decoro de delegarme a otra empleada, con cara de perro rabioso, para hacer el trámite manualmente. Otra vez, el mismo resultado. En ese instante, el corazón saltó de mi boca y se estampó sobre el rostro canino. Como diría el Chapulín Colorado: “que no cunda el pánico”. Soy clienta desde hace tiempo, no me pueden hacer tanto problema. Incrédula, sí, una gusana tonta. Traté de solucionar el inconveniente por todas las vías posibles. Aunque la cara del monstruo se deformaba con cada segundo del poco respiro que me quedaba.
A lo lejos recibo una señal por parte de un hombre. El guardia de seguridad me llama con disimulo. Lo sigo y hablamos afuera. No era para pedir que me fuera, todo lo contrario. Ofreció darme el monto para pagar la compra, de su propio bolsillo, porque sabía que se trataba de una clienta asidua. Mezcla de sentimientos encontrados. ¿Qué podía hacer? Besarle la mano, pedir clemencia, abrazarlo, agradecer. Bueno, opté por la última opción, y denegar su ayuda. Este hombre gana poco, trabaja muchísimas horas y está dispuesto a darme todo ese dinero. Al final, logré pagar la compra tras una larga peripecia. Creo que agradecí hasta que las palabras se agotaron. Pensar que queda gente noble.
En la próxima compra quincenal voy a comprar un pan dulce. Supongo que ya saben quién es el destinatario del goce de esa delicia. Sí, el guardia de seguridad.

Luto lácteo

Ya está. Pasaron dos meses y la familia del lechero aceptó lo inaceptable. Movieron el camión. Basta de dejar las cosas siempre igual. Ese padre no está, ese marido se fue, ese lechero desapareció. El vehículo existe y tiene una función, traer plata a la mesa.

Recuerdo el día que vi al hijo del lechero en el cordón de la vereda. Devastado, sin aliento, con el alma vacío. Se agarraba la gorra. Ponga y saque, ponga y saque... El único movimiento que realizó por eternos minutos. Mientras lo observaba hacía de cuentas que abría la caja de correo. Por supuesto que no tenía nada, pero la expresión de sus ojos me dejó helada. Me dieron ganas de abrazarlo, darle consuelo, decir algunas palabras. Pero resultaba insólito, ya que ni siquiera hablamos una sola vez.

Estos son los momentos en los que el ser humano es persona, y la persona es ser humano.

viernes, diciembre 02, 2005

Mi gente querida

Alrededor de 40 almas viajan en un ómnibus con destino a Montevideo. Nuevamente, dejo atrás a mi entrañable pago, Treinta y Tres. A esta hora el sol se esconde y decido estudiar un poco. Mi acompañante, una señora de lentes gruesos, ronca sin parar. Es insoportable. Pero no me queda otra que concentrarme en los apuntes, en el aire congelado que desprende el sistema de refrigeración, en el guarda que controla los bolsos guardados encima de los asientos, en cualquier cosa menos el sonido estridente que proviene de la caja toráxica del animal que tengo al lado.
Estamos pasando por Varela, un pequeño pueblo cercano al Olimar, y contemplo el paisaje por pocos minutos. Algo curioso sucede. Tres personas están en una parada y sostienen en sus manos varios carteles. Veo cómo los mueven y, al mismo tiempo, saludan. Son simples hojas de cuaderno escritas con lapicera de tinta roja: “SUERTE”. Sin darme cuenta me roban una sonrisa. Gente sencilla, humilde. Así es la gente de mi pueblo. Bueno, está bien, de mi ciudad.

Pasos cortos

Las personas que ingresan a la doble A (alcohólicos anónimos) cuentan con una lista de 10 pasos que deben cumplir. Aún no me considero alcohólica, espero que nunca suceda, pero desde hace algunos meses me identifico con uno de los pasos del decálogo.

Cuando abandonan el alcohol se les recomienda criar plantas y luego pasar a un ser vivo que requiera más atención y responsabilidad. Es decir, primero hay que ser capaz de que una planta viva por determinado tiempo y, si funciona, lo siguiente es encontrar una hermosa mascota. Si el animal también vive, están aptos para comenzar una relación amorosa. Bueno, desde que se fue mi hermana y vivo sola, tengo cuatro plantas a mi cargo. Una de ellas sobrevive como puede y debe ser una mala hierba porque nunca muere. Olvido regarla, cambiarla, mirarla... Aunque tengo dos favoritas: la tuna y el palo de agua (creo que es el nombre correcto). Hoy me considero tía, ya que mi adorada tuna “dio a luz” una hija preciosa llamada Flor. Es alta, delicada, liviana, maravillosa y de un rosa fuerte. Me encanta. Hasta le hablo a cada rato.
Todo hace suponer que puedo pasar a la siguiente etapa, criar una mascota. Pero está fuera de mi alcance porque me falta el dinero y el tiempo necesario. Y si no me encargo de un perro o un gato, ¿seré capaz de entablar una relación amorosa? Ay, me olvidaba..., no soy alcohólica. Supongo que no estoy forzada a cumplir a rajatabla el decálogo, ¿cierto?

Juro que lo prometo: más adelante les mostraré a mi sobrina.