Alrededor de 40 almas viajan en un ómnibus con destino a Montevideo. Nuevamente, dejo atrás a mi entrañable pago, Treinta y Tres. A esta hora el sol se esconde y decido estudiar un poco. Mi acompañante, una señora de lentes gruesos, ronca sin parar. Es insoportable. Pero no me queda otra que concentrarme en los apuntes, en el aire congelado que desprende el sistema de refrigeración, en el guarda que controla los bolsos guardados encima de los asientos, en cualquier cosa menos el sonido estridente que proviene de la caja toráxica del animal que tengo al lado.Estamos pasando por Varela, un pequeño pueblo cercano al Olimar, y contemplo el paisaje por pocos minutos. Algo curioso sucede. Tres personas están en una parada y sostienen en sus manos varios carteles. Veo cómo los mueven y, al mismo tiempo, saludan. Son simples hojas de cuaderno escritas con lapicera de tinta roja: “SUERTE”. Sin darme cuenta me roban una sonrisa. Gente sencilla, humilde. Así es la gente de mi pueblo. Bueno, está bien, de mi ciudad.
1 comentario:
La verdad que no lo sé. Llevo 22 años tratando de descifrarlo, pero no obtengo respuesta. Cuidado, también lo llaman "pueblo de ratas". Pero tiene algo especial, un imán invisible que te atrapa, te succiona. Puede ser el olor al monte, como dicen los Olimareños. Algún día lo sabré, espero.
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