latidos, pocas inhalaciones y exhalaciones… Ahora sí, hasta puedo diferenciar los colores de la cinta triunfal. Y continúo con paso firme.Mi cerebro se hincha por la cantidad de imágenes que se aglomeran en él. Al principio, siento muchas voces de críos de cinco años, luego las de niños de 12, segundos más tarde los sonidos cambian y se convierten en voces de adolescentes para luego transformarse en palabras gesticuladas por adultos. Los días de estudiante se terminan.
Estuve tan concentrada en rendir en cada materia que se pasaron los años con la misma velocidad que
la del vuelo de un colibrí. Esto lo noto, aún más, cuando me encuentro con gente que hace mucho que no veo. Y, en ese momento, ingresa la preguntilla desequilibrante: ¿cuándo terminás? Terminar qué. ¿Se referirá a los días de ocio, a las clases o a la carrera? ¡Uy, sí, se refiere a la carrera! Finaliza la etapa de estudiante. El terror y la inseguridad penetran mis huesos. Por otra parte, ingresa en mi organismo una paz inigualable, extraña, nueva. En realidad, hace años que espero ser colibrí y dejar a la gaviota con su pacífico planeo marítimo. 

