miércoles, octubre 26, 2005

Fui gaviota, ahora soy colibrí

Estoy llegando a la meta. Miro hacia el horizonte y visualizo la cinta que se romperá cuando mi cuerpo la presione. Pocos metros me separan del objetivo final, pocos latidos, pocas inhalaciones y exhalaciones… Ahora sí, hasta puedo diferenciar los colores de la cinta triunfal. Y continúo con paso firme.
Mi cerebro se hincha por la cantidad de imágenes que se aglomeran en él. Al principio, siento muchas voces de críos de cinco años, luego las de niños de 12, segundos más tarde los sonidos cambian y se convierten en voces de adolescentes para luego transformarse en palabras gesticuladas por adultos. Los días de estudiante se terminan.
Estuve tan concentrada en rendir en cada materia que se pasaron los años con la misma velocidad que la del vuelo de un colibrí. Esto lo noto, aún más, cuando me encuentro con gente que hace mucho que no veo. Y, en ese momento, ingresa la preguntilla desequilibrante: ¿cuándo terminás? Terminar qué. ¿Se referirá a los días de ocio, a las clases o a la carrera? ¡Uy, sí, se refiere a la carrera! Finaliza la etapa de estudiante. El terror y la inseguridad penetran mis huesos. Por otra parte, ingresa en mi organismo una paz inigualable, extraña, nueva. En realidad, hace años que espero ser colibrí y dejar a la gaviota con su pacífico planeo marítimo.

miércoles, octubre 19, 2005

Mentiras verdaderas de verdad

Aprieto un botón. Ahora presiono otro. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… No hay nada, siempre la misma música. Cada tema lo transmiten 20 veces diarias. Decido “dar una última vuelta” entre las FM que están grabadas en la memoria del equipo de música. Al mismo tiempo, el sol desaparece hasta transformarse en un diminuto bichito de luz. A medida que se va el señor Sol, ellas lo siguen incansablemente. Las lucecitas navegan su ruta cotidiana hasta que me doy cuenta de que sólo me queda un botón para apagar el equipo. Pero algo cambia, el sonido me atrae:

Ai cheston chu sei aileviou,
Ai cheston chu sei jau machaquer…

Lo sé, cuesta identificar el fragmento de la canción. Pistas, doy pistas…
La voz del tema pertenece a un cantante. Dato uno: masculino.
Su color de piel es oscuro. Dato dos: es negro.
Cubre sus ojos todo el tiempo. Dato tres: siempre tiene puesto unos oscurísimos lentes de sol.
Tiene un timbre de voz muy particular. Dato cuatro: voz que hace fluir la imaginación.

Bien. Ahora, si no saben a quién me refiero y cuál es la canción, tendré que dárselos en bandeja:

I just called to say I love you
I just called to say how much I care

Sí, es Stevie Wonder. Quizás se pregunten por qué doy tantas vueltas para escribir, simplemente, que éste era el tema musical que apareció por último. La botonera del equipo me sorprendió. Hice un viaje de unos cuantos años y presencié, nuevamente, cómo mi hermana entonaba I just called to say I love you. Tenía cuatro cortos años. Su cuerpito se retorcía al compás de la melodía. Ahora que lo pienso, eso está en mi imaginación porque nos llevamos tres años y medio de diferencia. Por lo tanto, yo era una bebé. De todas formas, la visualizo en este preciso instante.

miércoles, octubre 12, 2005

Dejadme en paz

Desde el cordón de la vereda veo asomarse un par de zapatos viejos y una mezcla de canas teñidas. Al mismo tiempo, el vapor se desprende del pavimento sin cesar. A veces tengo la impresión de estar sumergida en un sauna callejero. Aunque parece tratarse de un domingo de verano aún no lo es. Recién comenzaron los días soleados, vientos fuertes y temperaturas agradables. Y aquí estoy; sentada en una vereda de Treinta y Tres. Hace unos minutos terminé de almorzar y, como siempre, le ha tocado el turno al cigarro post-comida.
Pasan dos, cinco, nueve minutos y disfruto del silencio típico de esta ciudad. Es un lugar en el que es posible la ausencia de sonido. Montevideo no lo logra nunca, ni siquiera en las noches. Siempre existe un murmullo a lo lejos; alguna sirena que chilla, gritos de borrachos, vehículos que circulan a alta velocidad… En cambio, en el Olimar somos los reyes del silencio.
Cierro los ojos e intento identificar qué ruidos se pueden percibir. Tacos, pequeños tacos, caminan con pesadez. Las canas desteñidas aparecen en la esquina y veo que esos pasos cansados tienen dueña. No sé si la señora lleva las canas o las canas la llevan a ella. Pero, al menos, las protege del sol con una revista que aprieta con su mano derecha. Todo lo que tiene esa mujer es viejo: la pollera recta y gris, la camisa “ochentosa”, el saquito “para cuando sale de casa”, los zapatos negros y doblados en los talones por el peso del cuerpo. Ahora sí, un fuerte sonido se hace notar. La destartalada moto del vecino de la calle de abajo. Lo conozco por esa descripción, aún no me han dicho su nombre. El vehículo se atora, tose, escupe catarro oscuro. De todas formas, transporta a su dueño porque no le queda más remedio. Rápidas y livianas pisadas se superponen a los sonidos de la moto. Tres niñas corren hasta el almacén de Cacho pero, inmediatamente, regresan al ver que la puerta está cerrada.
Vuelve el silencio. El cigarro se consumió hace un buen rato pero no puedo dejar ese lugar. Deseo quedarme ahí; permanecer eternamente. Dentro de media hora estaré encima de un ómnibus con destino a Montevideo. Al menos puedo disfrutar de otros pocos minutos en paz.