Desde el cordón de la vereda veo asomarse un par de zapatos viejos y una mezcla de canas teñidas. Al mismo tiempo, el vapor se desprende del pavimento sin cesar. A veces tengo la impresión de estar sumergida en un sauna callejero. Aunque parece tratarse de un domingo de verano aún no lo es. Recién comenzaron los días soleados, vientos fuertes y temperaturas agradables. Y aquí estoy; sentada en una vereda de Treinta y Tres. Hace unos minutos terminé de almorzar y, como siempre, le ha tocado el turno al cigarro post-comida.Pasan dos, cinco, nueve minutos y disfruto del silencio típico de esta ciudad. Es un lugar en el que es posible la ausencia de sonido. Montevideo no lo logra nunca, ni siquiera en las noches. Siempre existe un murmullo a lo lejos; alguna sirena que chilla, gritos de borrachos, vehículos que circulan a alta velocidad… En cambio, en el Olimar somos los reyes del silencio.
Cierro los ojos e intento identificar qué ruidos se pueden percibir. Tacos, pequeños tacos, caminan con pesadez. Las canas desteñidas aparecen en la esquina y veo que esos pasos cansados tienen dueña. No sé si la señora lleva las canas
o las canas la llevan a ella. Pero, al menos, las protege del sol con una revista que aprieta con su mano derecha. Todo lo que tiene esa mujer es viejo: la pollera recta y gris, la camisa “ochentosa”, el saquito “para cuando sale de casa”, los zapatos negros y doblados en los talones por el peso del cuerpo. Ahora sí, un fuerte sonido se hace notar. La destartalada moto del vecino de la calle de abajo. Lo conozco por esa descripción, aún no me han dicho su nombre. El vehículo se atora, tose, escupe catarro oscuro. De todas formas, transporta a su dueño porque no le queda más remedio. Rápidas y livianas pisadas se superponen a los sonidos de la moto. Tres niñas corren hasta el almacén de Cacho pero, inmediatamente, regresan al ver que la puerta está cerrada.Vuelve el silencio. El cigarro se consumió hace un buen rato pero no puedo dejar ese lugar. Deseo quedarme ahí; permanecer eternamente. Dentro de media hora estaré encima de un ómnibus con destino a Montevideo. Al menos puedo disfrutar de otros pocos minutos en paz.
1 comentario:
Título con mucha fuerza.
Texto algo largo...
Me emociona el preciso uso de las comas y tu capacidad para transmistir una sensación.
Muy bien.
Publicar un comentario