sábado, noviembre 18, 2006

Asteroide B 612 bis (parte V)

Maribiga

“Había una semillita que crecía y crecía; había una plantita que despertaba, despertaba. Había una flor, que bailaba y cantaba”. Así comienza la canción de la flor. Por lo visto, la favorita de estos niños que se contorsionan al entonarla. La maestra les pide que, al nombrar semilla, planta y flor, reproduzcan las etapas con gestos, movimientos corporales, sonidos. El Jardín de Infantes se convierte en zoológico:

- Mmmm, ta naciendo, grrrrrrrr, grrrrrr.

- Yo ahora hago de planta: Ahhhhh, shhhhhhhhhhh, shhhhhhhhhh, shhhhhh.

- La “flol” se mueve así con sus hojitas: Chif, chof, chif, choooooffff.

Nacho y Daniela, amiga inseparable, recrean las etapas de la flor; lo que sucede hasta convertirse en una. Carecen de muchos pétalos humanos, pero los amigos colaboran y se abrazan entre tres o cuatro para armar bien lo que sería una especie de margarita. Simon se tropieza y el resto cae al suelo. Ya no queda flor, pero sí quedan risas estridentes. Daniela no para de cantar, está muy compenetrada tarareando la canción. Es pegadiza; me refiero a la música, por supuesto. Quizás le sucede lo mismo que a Henry David Thoreau: “Cuando oigo música, no tengo ningún peligro; soy invulnerable, no veo enemigos. Estoy conectado con los primeros y los últimos tiempos”*. Puede ser que no, o que se trate de algo similar. Lo cierto es que la niña, más que amiga de Nacho porque dicen ser novios, aprieta sus párpados con fuerza y poco a poco su mente deja este lugar. No escucha a nadie, no ve a nadie, ni siquiera a su compañero del alma. Y se va, se va lejos de acá. El portazo de la maestra es lo único que la hace reaccionar y volver en sí.

Al verlos tan felices, inocentes, al margen de todo, cierta parte de mí desea regresar a esos momentos de alegría pura. Se trata de un deseo recurrente mientras estoy con ellos. Quiero ser una ardillita, un patito, un girasol, un conejito o un charabon. No importa el grupo que me toque, quiero ser uno de ellos. Entiendo con claridad que me lo han permitido por unos días, aunque nunca seré parte de ese mundo. Simon me pide que traiga la “máscara de fotos” ubicada sobre una mesita pequeña y enana. La maestra registra ese momento mientras estoy en plena reflexión. ¡CHIC!, imagen guardada, imagen celosamente archivada. Quizás sí sea parte de ese universo en el que estuve alguna vez. Camino a casa, sin darme cuenta, estoy tarareando una canción que mi abuelo entonaba para mí:

“Maribiga se cortó un derico

con el cuchirico del zapaterico,

el zapaterico...”.

* Don Campbell, El efecto Mozart para niños, Ediciones Urano (2001), p. 191: Canta, canta una canción.

miércoles, noviembre 01, 2006

Asteroide B 612 bis (parte IV)

Yo ego, yo

Algunos no superan la etapa de la niñez. Me refiero a la existencia de una estrella, en esa fase, que brilla mucho y se la llama egocentrismo. Es el mundo del Yo: Yo quiero esto, yo como lo mismo, yo tengo uno más lindo, yo y mis abuelos, yo, yo, yo, yo... Al estilo Janis Joplin previo a sus conciertos: se tomaba unos cuantos minutos para repetir hasta el “no cansancio” la misma palabrita una y otra vez. Meditación, quizás. Recuerdo el documental que mostraba a la actriz que interpretaba a Japlin, diciendo enloquecida segundo tras segundo al compás de movimientos hacia delante y hacia atrás; como los que poseen un desequilibrio mental y están compenetrados en su propio mundo. No digo que estos niños se muevan así, aunque parecen tener hormigas en el interior de sus menudos cuerpos. Más bien intento llegar al “yoísmo” infantil. Todos los pequeños que están acá empiezan las frases con esa palabra. Antes que nada, marcan el sujeto de la oración. Es lo más importante, luego el resto actúa como simple acompañamiento. Es lo mismo que un plato de fideos al cual se le agrega salsa. El fideo es fideo, lo otro es color. La esencia la tienen clara.

En la infancia “todo gira entorno al Yo del infante y es incapaz de distinguir entre su propio punto de vista y el de los demás”*. Por ende, las peleas entre ellos proliferan. Una de las niñas, cabello negro y con rulos amplios en las puntas, se para, camina hacia otra pequeña y le tira de las colitas. La pobre víctima no tiene tiempo de reaccionar, queda atónita. La mira de arriba a abajo, por lo visto es una actitud típica, busca con sus ojitos a la maestra y cuando ésta le responde la mirada comienza el llanto. Bueno, como dice Simon, empieza “el lloro” de la inteligente víctima. Y ya que estamos con esa palabra la voy a utilizar: yo hacía lo mismo con mi hermana. Sí, era igual. Conocía muy bien los momentos en los que tenía que largar el moco y cuándo no era propicio. Se pueden desarrollar técnicas asombrosas y logros aún más sorprendentes. Hasta el día de hoy detecto esos momentos en los que conviene abstenerse de lágrimas. Esta niña tiene un prometedor futuro en cuanto a manipulación se trata.