sábado, diciembre 10, 2005

Cuentacuentos desde la tumba


Desde hace dos días debería estar escribiendo en mi ataúd.

Tarde de suma tranquilidad. Cielo cubierto, aire fresco, tierra seca. Tres niñas con su madre y una anciana componen el panorama de la parada de ómnibus de Caramburú y Gral. Paz. Excepto por los caprichosos gritos de las mellizas, el ambiente está calmo, sin grandes sobresaltos. Pasan ómnibus, pero ninguno es el mío. Espero, espero, espero...
A 30 metros se acerca una joven. Se la nota concentrada en algo, pero no sé en qué. Mira el cielo, los autos que transitan por la zona y los pájaros que están en el pasto picoteando migajas de pan. Camina otros 10 metros y suena un celular. La muchacha abre el bolso y saca el teléfono: “Sí, no tengo problema. A las 14.45 estoy ahí. En serio, esa hora me queda bien. Nos vemos, chau”. Sin percatarse de lo que sucede a su alrededor continúa caminando y llega a la esquina. La veo cómo controla los vehículos que vienen desde su derecha. Pero olvida un pequeño detalle, Caramburú es doble vía. Mientras pronuncia el “chau” se detiene en la calle. Recién, en ese momento, se da cuenta del auto que viene a su izquierda. Por suerte, el conductor la había visto y pudo frenar con tiempo.
Queda helada, rígida, asombrada. Ni siquiera atina a moverse hacia un lado. Nada, totalmente quieta. El señor al volante la observa sin saber qué hacer. No le grita ninguna grosería, no abre la boca, sólo se toca el pecho y emprende viaje. La joven camina hasta la parada, guarda el celular y permanece muda por unos cuantos minutos. Apenas le da para respirar. Si no fuera por la baja velocidad del vehículo ya estaría tirada en el suelo, sin vida, con vida, con media vida. No sé.
Esa muchacha soy yo. Un corto segundo y todo habría cambiado. Quizás este blog ya no tendría quién le escribiera. Por eso detesto los celulares; distraen a cualquiera y en donde sea. Calle y teléfono móvil no es una buena combinación. Lo aprendí en carne propia.

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