sábado, diciembre 17, 2005
Te amo pero te aporreo
Sábado, día de ferias de frutas y verduras en la zona de Tres Cruces. Ancianas que cargan con sus bolsos de antaño mientras regatean precios con los vendedores. Niños que corretean en las calles y hacen berrinches porque están aburridos de ver tantos alimentos que no les apetecen. Parejas que hacen las compras para el resto de la semana y así luchar contra los precios de los supermercados. Gritos de verduleros, compitiendo entre ellos para ganar la mayor cantidad de clientela.
Una madura odontóloga recorre los puestos de feria para comprar los productos y hacer una sabrosa ensalada de frutas, la favorita de su hijo adolescente. A media cuadra de su casa, precisamente en una esquina (Miguelete y Duvimioso Terra) oye los gritos rabiosos de un hombre. Lo ve al acercase, se da cuenta de que es su ex esposo. Visualiza la mano del hombre y observa cómo se asoma un arma. Ella grita ahogadamente, corre. No, ya no hay forma de impedirlo. ¡Bam!, pasan unos segundos, y otro ¡bam! Ambos cuerpos tibios reposan en el pavimento. Los transeúntes quedan rígidos por lo que acaban de presenciar. Unos pocos atinan a “auxiliarlos” y llaman a una ambulancia. Pero los fluidos corporales en el suelo dan la clara imagen de lo que sucede, no hay vuelta atrás. La vida de dos personas se esfumó en unos segundos, en una esquina que no suele apiadarse del tiempo. El hijo de la pareja, de sólo 15 años, está perplejo. Una vecina lo aprieta contra su pecho y le impide llegar a la esquina.
“Crimen pasional”, así se le llama a este tipo de delito. Así se le denominan a estas injusticias. Un desequilibrio psicológico por parte del ex esposo, un infortunio destino para la odontóloga. Esta situación se repite más de lo que se cree. El desquiciado había estado internado hasta un mes antes del delito, pero “lo largaron” al considerarlo indefenso. Miguelete y Duvimioso Terra recuerdan esa historia, al menos las calles que llevan sus nombres.
Esto sucedió hace más o menos un año. Aún lo recuerdo. Sentí que debía compartirlo con ustedes porque pensamos que esas cosas sólo les pasa al resto. Quizás no sea tan así.
Una madura odontóloga recorre los puestos de feria para comprar los productos y hacer una sabrosa ensalada de frutas, la favorita de su hijo adolescente. A media cuadra de su casa, precisamente en una esquina (Miguelete y Duvimioso Terra) oye los gritos rabiosos de un hombre. Lo ve al acercase, se da cuenta de que es su ex esposo. Visualiza la mano del hombre y observa cómo se asoma un arma. Ella grita ahogadamente, corre. No, ya no hay forma de impedirlo. ¡Bam!, pasan unos segundos, y otro ¡bam! Ambos cuerpos tibios reposan en el pavimento. Los transeúntes quedan rígidos por lo que acaban de presenciar. Unos pocos atinan a “auxiliarlos” y llaman a una ambulancia. Pero los fluidos corporales en el suelo dan la clara imagen de lo que sucede, no hay vuelta atrás. La vida de dos personas se esfumó en unos segundos, en una esquina que no suele apiadarse del tiempo. El hijo de la pareja, de sólo 15 años, está perplejo. Una vecina lo aprieta contra su pecho y le impide llegar a la esquina.
“Crimen pasional”, así se le llama a este tipo de delito. Así se le denominan a estas injusticias. Un desequilibrio psicológico por parte del ex esposo, un infortunio destino para la odontóloga. Esta situación se repite más de lo que se cree. El desquiciado había estado internado hasta un mes antes del delito, pero “lo largaron” al considerarlo indefenso. Miguelete y Duvimioso Terra recuerdan esa historia, al menos las calles que llevan sus nombres.
Esto sucedió hace más o menos un año. Aún lo recuerdo. Sentí que debía compartirlo con ustedes porque pensamos que esas cosas sólo les pasa al resto. Quizás no sea tan así.
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