Volver a la raíz
- ¿Viste el bicho feo?
- ¿Cuál?
- El que está allá, en el patio.
- No lo veo, ¿me lo mostrás?
- Al lado del álbol, cerca, ahí cerca.
Marrón, muy marrón, con hojas verdes oscuro encima. No es el “álbol” al que Simon hace referencia, pero sí el disfraz de Tomás. Vestido para el día de la primavera que se festeja en el Jardín de Infantes en el cual me encuentro. No es tarea fácil obtener permiso para compartir un tiempo con las ardillitas, los conejitos, los girasoles, los patitos y los charabones. Así se les denomina a los niños según su edad. Tras una larga odisea llegué a este lugar, hablé con la encargada y me concedió permiso para observar a los pequeños por unas cuantas horas y varios días. Hace muchos años que no pertenezco al “mundo de los niños”, pero ahí está, frente a mí de nuevo.
Amarillo, rojo, verde, azul, violeta; colores fuertes por doquier. Amplias salas que sirven de espacios aptos para jugar y aprender junto a las maestras. Un patio enorme y con juegos conforman el lugar adorado y deseado por los pequeños más pequeños. Hago énfasis en el tamaño porque, en realidad, son muy chicos: pocos centímetros separan sus cabecitas del suelo.
Estoy parada en un rincón con la intención de pasar desapercibida. Admito que no lo logré. A los pocos minutos me siento observada. Unos ojos penetrantes, suspicaces, tajantes, me desnudan. Lo miro durante cortos segundos e intento distraer mi vista con cualquier cosa. Es en vano, ya estoy en su campo visual. Se acerca con torpeza, colisiona con un par de amigos y se para a mi lado. Hago de cuentas que no lo veo, no lo siento, no lo huelo, no nada. Me mira sin decir palabra alguna, simplemente observa de arriba a abajo. Siento que la camisa sufre rápidos y cortos tirones. Es la única opción que tengo, hay que mirarlo.
- Hola.
- Hola.
- ¿A qué venís acá?
- Para jugar.
- ¿Con nosotros?, ¿con las ardillitas?
- Claro, ¿sos una ardillita?
Se ríe. Pero no es cualquier risa, es una carcajada que aflora con mucha fuerza. Es ese tipo de sonrisa escoltada por una potencia que se origina desde lo más profundo de la caja torácica. Porque cuando los niños ríen lo hacen en serio. Durante los primeros segundos se escucha un enorme estruendo, luego abren sus bocas hasta mostrar el último molar y después acompañan esos movimientos desproporcionados, epilépticos, con las manos. Lo hacen con sinceras ganas.
Nacho es el primero en notar mi presencia. Simon es el siguiente al ver a su amigo hablar con una “señora”, como me dice incansablemente. Me preguntan cómo me llamo y no se separan más de mi lado. Parecen dos guardaespaldas, pero como mucho podrán proteger mis pantorrillas y, con suerte, las rodillas. Ya tengo un par de amigos, dos aliados dentro de ese mundo al cual alguna vez pertenecí.

3 comentarios:
Ludovico: quiero pensar que voy por buen camino para convertirme en Mariposa, al menos volar como tal.
Sí, hay que esperar por los próximos capítulos... Suspenso, suspenso...
ando de paseo por la Blogsfera... Muy bueno tu Blog.
Fe en el Caos.
Muchas gracias por la visita y tus palabras! Eres bienvenido cuantas veces quieras!
Digo lo mismo de tu blog. Imágenes excelentes!
Saludos!
Publicar un comentario