Todas las personas mayores fueron niños alguna vez,
pero pocas lo recuerdan.
(Dedicatoria de Antoine de Saint-Exupéry en El Principito)
Durante una noche fui Peter Pan, pero sin su “País de Nunca Jamás”. Una niña estaba encerrada en el cuerpo de una persona mayor. Gritaba con desesperación para lograr salir. No pudo, nadie parecía escucharla. Ese cuerpo arrugado la comprimía, la ahogaba poco a poco hasta que tomó el tamaño de una semilla. Y desapareció por completo. Ese grupo de arrugas quedó solo, sin la compañera chillona.
Parecía ser real, pero nunca sucedió. Me di cuenta al despertar. Esa niña ya no estaba. Quedaba el cuerpo adulto con un insondable vacío interior. Aunque no quiere decir que sea imposible llenarlo. Y ahí entra el Principito. Aparece encubierto con un traje negro como piel y unos ojos también curiosos y brillantes. Mi Principito se llama Simon. No estamos en ningún desierto, y tampoco estamos solos. Cerca de 30 niños están jugando alrededor de nosotros, pero él no parece notarlo. Se despatarra en el suelo, me mira, salta, me mira, corre de un lado a otro, me mira, intenta sacarse la túnica, me mira... Desde que nos encontramos, no se despega de mí.
- Yo traje bizcochitos, torta, galletitazzzzzzzzzzz.
- ¿Y alfajores?
- Todo traje, yo. También jugo de “pela”.
- Pera.
- Sí, “pela”.
- Claro, peRa.
- Sí, eso, eso, sí.
Después aclara que la “pela” viene del manzanero, hasta que la maestra lo escucha y corrige. Lástima, estaba tan feliz imaginando lo que se le venía en gana. Siempre cortando las alas que intentan dar vuelo a la mente. Nos convertimos en seres “serios” (lo que tanto repele el Principito) y uniformes. Simon disfruta de ese vuelo. De todas maneras, se acerca y me dice al oído: “Mi abuelo tiene un ´álbol´ de esos y le salen ´pelas´”. Las palabras del viejito tienen más peso que las de la maestra, como el de una pera con L.
Saint-John Perse lo dijo: “¡Crecen mis miembros, y pesan, nutridos de edad” (poema Para celebrar una infancia). Con los años desaparece la capacidad de asombro, la esencia de la niñez. Aquí aún todo sorprende, se les nota en las expresiones. Pero esos gestos se debilitan con la experiencia, con los años desabridos y con las alas amputadas. Simon aún vuela como un pájaro imaginario, aún conserva la inocencia del “paraíso deseado”, como denomina Steven Spielberg a la infancia.

3 comentarios:
Un viaje surrealista !!!
Ludovico: Invento para recordar? Puede ser..., aunque también hay que verlo a la inversa.
Saludos!
Ape: Prometo (al menos intentaré) que este viaje "surrealista", como lo llamas, continuará. Espero tu compañía!
Saludos!
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