Desde el nacimiento del niño, el entorno familiar desempeña el papel de “agente psíquico”**. Esto implica que los valores, normas y costumbres de la sociedad serán transmitidos mediante los integrantes que constituyen el entorno del pequeño. Por lo tanto, los esquemas son derivados por personas adultas y condicionan la percepción del mundo que tendrá ese niño. De todas formas, durante los primeros años de vida, crean su propio universo y aprenden a convivir en éste. También está presente la búsqueda de identificación con sus padres.
“Mi mamá me hizo las colitas”; “Mami me pintó la túnica”; “Papito me compró tres camiones grandotes”... Y la lista es más larga. La figura paterna y/o materna es una constante en las charlas de los pequeños. Si se habla sobre el vecino, la cena, la silla en el rincón, hasta de los zapatos que se rompieron, la madre o el padre siempre están ahí. Y si no es un padre, se trata de un amigo de la familia.
Mariano, el encargado del taller de música, es un amigo e integrante de la fantasía de estos niños. Acaba de llegar. El único en no notar mi presencia, lástima que no es un niño ya que esa era mi intención. Los pequeños se enloquecen, gritan, aplauden al aire. Una niña con dos colitas y cuatro coloridas pinzas de pelo llora descontroladamente. Le tiene miedo a la guitarra de Mariano. La maestra la abraza, le empapa unos besos en las manos y, por fin, se tranquiliza. Llegaron a un acuerdo: se van a sentar lo más lejos posible del instrumento musical. A los pocos minutos nos vamos a una sala más amplia adornada por una veintena de cometas artesanales. Las ardillitas y los conejitos elaboraron, con varios días de anticipación, enormes mariposas, elefantes y patos para remontarlos con los padres. Por ahora sirven de adorno para recibir la primavera.
- Tienen cuerditas para soplarlas como el lobo de Caperucita. Así “volan” lejos.
- ¿Qué tan lejos llegan?
- Hasta allá arribaaaaaaa.
- ¿Arriba? Ah, hasta las nubes...
- No, hasta más arriba. Hasta el cielo.
Tomás, el Niño Árbol, quiere soplar como el lobo para que vuelen lejos, muy lejos. Pero ahora es imposible, están atadas como decoración de sala.
Mariano se sienta frente al grupo de pequeños que están sentados en el piso. Y comienza el espectáculo. Intenta tocar la guitarra dada vuelta, con las cuerdas sobre el estómago del “payaso-músico”. Sé que se viene, lo sé. Y sí, vinieron las carcajadas de niños. Esta vez se juntan y conforman una sinfonía di-fónica. El cerebro me rechina y sufro punzantes latidos en las sienes. Es extraño, me es placentero a la vez. Se trata de un goce interior al verlos escupir tanta tensión y alegría, al mismo tiempo, con incomparable sinceridad y pureza. Las manos de Mariano encuentran las cuerdas y entonan una canción que me parece recordar. Vocecitas retumban en los rincones y uno grita: “La vecindaria”. La letra dice algo así: “Qué bonita vecindad, qué bonita vecindaaaaaaad, es la vecindad del Chavoooooooo. No valdrá ni un solo centavo, pero es linda de verdaaaaaaaad”. El payaso musical me visualiza y pide, por no decir ordena, que corrija a Tomás:
- ¿Cómo es?, ¿vecindaria o vecindad?
- Me parece que vecindad.
Desde lo más profundo de mi adultez se estruja la conciencia y me arrepiento de haber cortado el ala del Niño Árbol. Pero ya lo hice. Aunque no dejo de lamentarlo. Tremendo juego el del payaso. Me cae muy mal, lo he decidido en este momento. No es uno de los míos. Nunca me gustaron los payasos. Ahora los detesto.

2 comentarios:
Dónde he leído yo esto del asteroide...
Un beso.
Pero nunca con esa imagen. Antes le faltaba la fuerza gráfica.. Hay que reconocerlo ; )
Besos!
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