“Había una semillita que crecía y crecía; había una plantita que despertaba, despertaba. Había una flor, que bailaba y cantaba”. Así comienza la canción de la flor. Por lo visto, la favorita de estos niños que se contorsionan al entonarla. La maestra les pide que, al nombrar semilla, planta y flor, reproduzcan las etapas con gestos, movimientos corporales, sonidos. El Jardín de Infantes se convierte en zoológico: - Mmmm, ta naciendo, grrrrrrrr, grrrrrr.
- Yo ahora hago de planta: Ahhhhh, shhhhhhhhhhh, shhhhhhhhhh, shhhhhh.
- La “flol” se mueve así con sus hojitas: Chif, chof, chif, choooooffff.
Nacho y Daniela, amiga inseparable, recrean las etapas de la flor; lo que sucede hasta convertirse en una. Carecen de muchos pétalos humanos, pero los amigos colaboran y se abrazan entre tres o cuatro para armar bien lo que sería una especie de margarita. Simon se tropieza y el resto cae al suelo. Ya no queda flor, pero sí quedan risas estridentes. Daniela no para de cantar, está muy compenetrada tarareando la canción. Es pegadiza; me refiero a la música, por supuesto. Quizás le sucede lo mismo que a Henry David Thoreau: “Cuando oigo música, no tengo ningún peligro; soy invulnerable, no veo enemigos. Estoy conectado con los primeros y los últimos tiempos”*. Puede ser que no, o que se trate de algo similar. Lo cierto es que la niña, más que amiga de Nacho porque dicen ser novios, aprieta sus párpados con fuerza y poco a poco su mente deja este lugar. No escucha a nadie, no ve a nadie, ni siquiera a su compañero del alma. Y se va, se va lejos de acá. El portazo de la maestra es lo único que la hace reaccionar y volver en sí.
Al verlos tan felices, inocentes, al margen de todo, cierta parte de mí desea regresar a esos momentos de alegría pura. Se trata de un deseo recurrente mientras estoy con ellos. Quiero ser una ardillita, un patito, un girasol, un conejito o un charabon. No importa el grupo que me toque, quiero ser uno de ellos. Entiendo con claridad que me lo han permitido por unos días, aunque nunca seré parte de ese mundo. Simon me pide que traiga la “máscara de fotos” ubicada sobre una mesita pequeña y enana. La maestra registra ese momento mientras estoy en plena reflexión. ¡CHIC!, imagen guardada, imagen celosamente archivada. Quizás sí sea parte de ese universo en el que estuve alguna vez. Camino a casa, sin darme cuenta, estoy tarareando una canción que mi abuelo entonaba para mí:
“Maribiga se cortó un derico
con el cuchirico del zapaterico,
el zapaterico...”.
* Don Campbell, El efecto Mozart para niños, Ediciones Urano (2001), p. 191: Canta, canta una canción.
2 comentarios:
gusanitaaa...toc, toc, estás ahiií??? se os acabó la tinta???
La tinta está en reposo, pero nunca termina. Vive una nueva etapa en la que está juntando historias. Pronto volveré con mi "pluma" y "tinta". Lo prometo, en pocos días.
Gracias por tu visita!
Publicar un comentario